La Enamorada del Muro
Mi vida transcurría en una soledad espantosa. Tenía a mi marido, tenía a mis amigas, pero al fin y al cabo no tenía nada. Más bien había algo que sí tenía, era mi jardín. Cada mañana, al despertar, luego de obedecer fielmente a mis deberes maritales, me ocupaba de la única actividad que era realmente un placer para mí. Nunca había estudiado jardinería y no lo necesitaba, pues lograba dedicarme con tanto ahínco a mis plantas que todo aprendizaje técnico me resultaba superfluo. De entre tantos árboles, flores, helechos, arbustos, hongos y césped que me transmitían paz, lo único que lograba sacarme de quicio era la enamorada del muro.


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