Incesto al Instante

El día de verano en que me encontré a Giuseppe Arcimboldo
Estaba sentada en el bar Las Heras, coqueteando con mi café en jarrita. El humo de mi último cigarrillo matutino se esfumaba por delante de un mediocre arbusto decorativo. Lo único que perturbaba mi momento era ese aire caliente que amenazaba con tornarse irritable. Cuando el sudor comenzaba a emerger de entre mis tetas, intenté imaginar qué sensación me produciría arrastrar mi dedo índice buscando cierta humedad.
Ningún otro pensamiento parecía interrumpir mi mente para alejarme de la simpleza del tacto imaginado. No me molestaba el hecho de percibirme hedionda por la suciedad de un día entero que se acumulaba en mis rincones. Tampoco lograba incomodarme la mediocridad de colectivos, carteles, chatas, asfalto, gatos y perros de la cotidianeidad callejera.
Fue en ese momento, cuando en cuestión de un instante, por detrás de tanta contaminación visual y sonora, acaparó mi atención un punto de luz. Tímidamente pude vislumbrar que se trataba de un bulto particular. Me sentí en un espectáculo teatral, donde la gastada puesta en escena consistente en un número infinito de elementos urbanos conformaba el marco externo e insignificante de aquella incandescencia.
Luego de que varios vehículos terminaron por entorpecer mi visión panorámica, aquella magia, paso a paso, parecía tornarse cada vez más real. Había estado yo dormida como en un sueño vulgar dos segundos antes, cuando al despertar estalló en mí un torrente de ansiedad por saber quién era. No sólo deseaba sino que necesitaba revelar la incógnita: adentrarme en tamaña belleza, perforarla con mis pupilas penetrantes y finalmente acaparar toda la luminosidad que me acechaba. Sin embrago, apenas se acercó lo suficiente como para verlo bien, bajé la vista siendo derrumbada por una cobardía poderosa.
Por azar se dirigió hacia mi entorno y se acomodó en la mesa de atrás. Una atormentante cadena de sutiles palpitaciones se desencadenó de mi pecho y me recorrió de punta a punta. Pensé en la necesidad de exiliarme de su presencia como si fuera un reo que acababa de cometer su peor crimen. Pero hubiera sido expiar del pecado. Preferí permanecer sentada, confiando en que detrás de mis espaldas y las suyas, tal vez se refugiasen algunos defectos. Porque en eso pensé, nada es perfección y por lo tanto mi infinita sensación de ser menos debía tener algún límite natural.
Mientras tanto, el ruido del ambiente sólo atinó, por suerte, a tapar mi taquicardia. Me esforcé por silenciar mis ansias y multiplicar mis sentidos para seguir el ritmo de su respiración. Un punzante dolor de cabeza me indicaba que debía ya dejar de esforzar mi vista hacia la derecha sin mover la cabeza. El doloroso reojo fue interrumpido por su decisión abrupta de encender un cigarrillo.
Desde el momento en que me levanté de la cama aquella mañana jamás hubiera imaginado semejante precipitación de acontecimientos, por lo cual decidí hacer oídos sordos a la decisión que había tomado en el desayuno: no dejaría de fumar ese día. Entonces imité su accionar y me dispuse a sacar el atado de mi bolso.
Debido a que estaba tan concentrada en lo meticuloso de sus detalles, no le presté atención a la búsqueda ciega de mi mano izquierda, que se prolongó durante largos minutos. Sólo cuando vi sobre la mesa la caja de cigarrillos rota y vacía me di cuenta que el intento por encontrar un pucho era una inútil pérdida de tiempo.
Era esa una de las intersecciones de tiempo y espacio en la que percibía una presencia tan amenazadora que necesitaba amenizar el nerviosismo con unas secas profundas. Cuanto más agudamente sentía su respiración, más a ultranza ameritaba aspirar un poco de humo. La única alternativa posible era recurrir a la generosidad ajena.
Mi primera reacción instintiva fue pensar que no había en el lugar nadie que pudiera convidarme. ¿Realmente no había nadie?, pensé enseguida. De hecho había alguien, pero digamos que desarrollé impulsivamente el mecanismo de defensa del puercoespín, tratando de evitar un posible acercamiento. Cuando luego supe que para llegar a obtener mi nicotina debía acudir al majestuoso encuentro, entendí que el placer de fumar había pasado a convertirse en un detalle totalmente despreciable. Me enfrentaba así a un desafío indescriptible, sin exagerar, a uno de los mayores desafíos de mi vida. Me encontraba ante un precipicio, cuyo punto culmine podía ser criminal o celestial, pero en todo caso era un abismo incierto.
Estaba ante un dilema existencial: o bien olvidarme cuán corajuda puedo ser, soportar las ganas de fumar y seguir padeciendo el persistente dolor de cabeza, o bien animarme a girar, disponerme a dejar fluir las palabras y conseguir el ansiado cigarrillo. Por un momento pude olvidarme de su sombra casi metafísica para reflexionar en torno a mi decisión venidera. Estaba frente a la tozudez de una sublime definición vital, pues podía terminar ofuscándome por debajo de su superioridad e intentar olvidar mis ganas de fumar, o atreverme a la aventura de conquistarlo.
Me elevaba en esta escaramuza interna cuando el sonido de su juego de dedos contra la mesa me retrotrajo de la distraída introspección. Volví a esforzar mi vista hacia la derecha y pude ver su impaciencia. Me recordaba tanto a mí. Exactamente en el mismo momento en que yo me hubiera parado y explotado internamente en rabia, él corrió la silla para atrás en un movimiento brusco y, maldiciendo por lo bajo, se dirigió al mozo. Éste, como de costumbre, le pidió disculpas por haber tardado tanto en atenderlo y escuchó atentamente su pedido. Si bien se encontraban al interior del bar, desde afuera pude escuchar el tono de su contestación. Cómo comprendía su enojo. En mi caso, lo menos que podía hacer para compensar la tardanza era servirme todo tal cual yo ansiaba. Pidió lo usual de los neuróticos obsesivos, café en jarrita bien caliente con una vaso grande de soda y dos edulcorantes. No esperaba ni más ni menos.
No bajé la mirada del piso en ningún momento. Al percibir su sombra pegando la vuelta y pasando al lado mío, sentí su iluminación de tubo fluorescente a plena luz del día. Imaginé que me desnudaba con la mirada por un instante que se asimilaba a un siglo. Nuevamente temblé por el retorno de la cadena de palpitaciones, esta vez con mucha mayor fuerza. La incandescencia me obligó a cerrar los ojos, relajé mi cabeza hacia atrás, acomodé mi cuerpo sobre la silla y la voracidad del espasmo me hizo sentir la yema de sus dedos arrastrando mi transpiración. Una sensación ardiente atravesó mi entrepierna, penetró mis encantos y llegó a sonrojarme.
A través de una sinuosa travesía placentera, comencé a ser atrapada por la atracción de la búsqueda, llevada por mi instinto de adentrarme en esta celestial fogosidad. Avanzando en un camino serpentino, comencé a deslumbrarme deliciosamente con un juego ingenuo a la vez que rebuscado. A medida que más me acercaba a encajar en la ferocidad del estallido, más agudamente me sentía abrumada por el avasallamiento de su potencia voraz. Su fuerza sobrehumana contrastaba con lo atolondrado de mis sentidos y lo abrupto del encuentro parecía no tener límite natural. Ya no me sentía menos que él, simplemente experimentaba el sabor de ser una súbdita en libertad.
El milagro duró minutos y acabó en un derramamiento gestual, símbolo exterior de la erupción interna.
Entonces abrí los ojos y no vi nada. Baje una vez más la vista y, luego de pasar la mirada ante un cigarrillo abandonado en mi mesa, observé sus huellas digitales impresas en mis tetas.
Él se comportó como un Caballero: me hizo el amor y me regaló un pucho. Suspiré, me levanté, pagué mi café y me fuí... feliz por haber entregado mis curvas a semejante inmensidad.
MPR_2008


Meneame
del.icio.us


¿Es Dios O sos vos misma?ninguna experiencia como esa... beso, tin