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Megalomanía o el descubrimiento de la realidad

Delirios de Grandeza: La lucha por la liberación erótica

Eco y Narciso por John William Waterhouse

“Contra la redención al tiempo, la restauración de los derechos de la memoria es un vehículo de liberación, es una de las más nobles tareas del pensamiento (…) Sin la liberación del contenido reprimido de la memoria, sin la liberación de su poder liberador, la sublimación no represiva es inimaginable”. H. Marcuse

Según analizó una vez Freud, lo ideal sería una comunidad de hombres que sometiesen su vida pulsional a la dictadura de la Razón. Si bien creo que sería ese el símbolo de la verdadera libertad, disiento con quienes sienten que estamos ante una mera esperanza utópica.

Nuestro entorno, al transcurrir en términos opuestos a los de una sociedad ideal, aparece como la distopía más verídica que hayamos visto, pero al mismo tiempo conserva en su interior y construye a cada paso una tendencia extremadamente contraria a la naturaleza humana, de tal modo que a partir de los cientos de baches abiertos puede comenzar a forjarse la verdadera lucha por la liberación erótica. El resultado sería ni más ni menos que el reencuentro de la Razón con el Eros interno y externo al hombre, el destierro de una vez y para siempre de la guerra del mundo, así como sus múltiples causas y consecuencias, y el reencuentro definitivo de la naturaleza humana con las pulsiones de vida.

En términos muy laxos y simplificatorios, creo que el recorrido de mis veintitantos años de vida puede ser representativo de las vivencias disfrutadas y padecidas por muchas personas. Todos somos sujetos moldeados por el sistema, en tanto somos seres bio-psico-sociales, y en tanto el sistema es uno, me atrevo a introducir la lógica matemática y a llevar a cabo una atrevida generalización: las palabras que leerán a continuación reflejan sensaciones personales y constituyen un punto de vista muy subjetivo, pero abstrayéndose de mi caso, pueden comprenderse cuestiones fundamentales de cómo funciona este mundo y, lo más importante, qué rol nos es asignado por predestinación y por el desempeño de qué rol estamos dispuestos a luchar individual y colectivamente. Entonces, me es necesario hacer aquí una digresión, tal vez infinita, en el estilo que domina mi escritura, a fin de que comprendan mi recorrido y puedan recibir lo que estoy dispuesta a brindar con estas líneas: la sensación de una mancomunidad a construir a partir de hoy.

Tanto vivir en este mundo y tanto adoctrinamiento catedrático por parte de mis padres, mis libros, mis maestros, mis diarios íntimos, en fin, mi sociedad, me habían hecho creer en mi autodeterminación y confiar en que mi accionar cotidiano venia determinado por la Razón.

Narciso por Caravaggio - 1565

Desde las épocas en que usaba pañales he escuchado leyendas de las más diversas. Rodeada de adultos sabelotodo, he sido testigo, como tantos otros niños, de historias imaginarias e inverosímiles, pero que se adecuaban a mi capacidad infantil con un único fin: desarrollar mi intelecto. Con el objetivo declarado de hacerme soñar, estos relatos lograban estremecerme como si se basaran en hechos reales. Es que, en verdad, me he compenetrado tanto con las narraciones que he llegado a creérmelas a todas y cada una. Pero ¿qué he creído de estas historias? He creído lo que querían que crea, que detrás de las estupideces actuadas por ogros y princesas se hallaba el triunfo de la Razón.

Tengo grabado en mi memoria, como si fuera hoy, aquel cuento que solía narrarme mi madre. El Patito Feo, no importa si no es bello como los cisnes, pues debe esforzarse por ser el animal más inteligente sobre la tierra. Por que el entendimiento domina nuestro cuerpo y con el entendimiento se domina el mundo.En ese momento no supe que, pese al uso de palabras tan simples, los que me rodeaban se referían a una cuestión tan importante que podría ser considerada como explicativa de la totalidad de la existencia humana. Me estaban mostrando la Razón de ser de su Universo, enaltecido como el único posible.

Entré en primer grado y las maestras, sorprendidas ante mi potencial de lecto-escritura, en vez de hacerme aprovechar la riqueza del tiempo para que exprese mis pasiones, condenaron mi adelanto intelectual y fueron sumisas a lo que habían aprendido en sus años de estudio; reprimieron mis ansias de soñar y lograron encarrilarme. Entonces pasé las horas de cursado haciendo mi tarea y pasándosela a mi compañera.
A los catorce yo solita tome la decisión correcta, sin que nadie me lo sugiriese, de convertirme en victimaria de mi misma y decidí vestirme con el uniforme de la rectitud y ser victima -una vez más- de la sensatez de los profesores. Pese a algunas contestaciones al orden establecido (y el correlato de amonestaciones) abrí mi ser a los constructores de la verdad.

Tal vez influenciada por el medio en que crecí, tal vez imbuida por la curiosidad de conocer motivaciones diferentes, seguramente conmovida por tantos años de Educación con mayúsculas, decidí zambullirme en la supuesta libertad que podían otorgarme los libros universitarios. No pensé que, una vez más, podía presentarse ante mí la continuidad uniforme, robustecida esta vez por la autoridad científica de una tradición milenaria.

La academia logró persuadirme. Todos y cada uno de los hacedores de la historia proclamaron ser motivados en su teoría y en su práctica por la sagrada Razón, denominada de distinta manera según la época y según el personaje.

Hoy creo que desde el origen de las reflexiones occidentales sobre lo humano se pueden hallar sutiles definiciones creadas de puño y letra por los inventores de las grandes restricciones, desde los primeros hasta los últimos. Por supuesto que en el momento en que comencé a inspeccionar el mundo de la lectura “profunda” no percibí estar ante constructores de obstáculos, sino por el contrario ante mayordomos eruditos que me abrirían las puertas de la expansión de la libre sabiduría. Pero hoy sé que fueron todos cinceladores de los “defectos” humanos, veedores que venían a reprimir a lo que consideraban piltrafas. A través de la historia cada pensador se limitó a parir y alimentar una neolengua y a inyectar en las almas occidentales un insípido adoctrinamiento.

Muchos han incursionado sobre los pasados remotos de la humanidad, intentando describir la motivación fundamental de la naturaleza del hombre. Me introduzco también yo en esa tradición y apuesto a que en una época se desencadenaban tormentas pasionales, inherentes a la concupiscencia innata al hombre. En algunas primitivas comarcas dichosas de la Tierra podemos pensar que la vida era moldeada por las pulsiones y, sin ser esquematizada por estirpes intelectuales, reinaba tanto la claridad como la oscuridad del sentimiento humano. Las fuerzas eran originalmente instintivas y se canalizaban hacia una introspección y un contacto con el otro que hoy parecerían garabatos de locura. El hombre vivía allí en un estado puramente sensorial. Tal como las primeras semanas de vida del niño: son meras sensaciones, impresiones térmicas, cromáticas, auditivas, en estado puro, sin que todavía tengan un significado impuesto, sin que aun lleguen a ser objetos captables por la racionalidad. Luego el hombre se va “recobrando” de esa especie de vertiginoso remolino, va rescatándose de ese caos donde estaba perdido. Esto significa que lo que en un primer momento era pura sensación va tomando una artificial figura, un aspecto trastocado. Así surge el concepto, para dar carácter y forma a lo que un instante antes no era más que algo aparentemente indeterminado.

Banquete platonico

Sin ir más lejos, el siglo VI a.C. mostraba grandes banquetes de felicidad terrenal. No era de hecho la exacerbación del verdadero principio del placer, y para colmo la eudaimonía quedaba circunscripta a unos pocos ciudadanos, pues metecos y esclavos representaban lo no humano. Pero aunque sea en el estrecho círculo de una elite, se desencadenaban vidorras rescatables. Lo palmario estaba aun en ciernes y amenazaba con desarrollarse. Se adoraban dioses pero los habitúes del Olimpo también se regocijaban entre manjares pedestres. En el seno mismo del ágora ateniense se vivía la política ligada a la pluralidad de opiniones desenfrenadas, se vivificaban sensaciones tan diversas como incoherentes. De lo que se trataba era de exponer cómo a cada individuo le competía el quehacer y decir del otro.
Gracias a narradores posteriores y a la lectura minuciosa de las fuentes, supe que entre los pensadores de la época se habló del Ente y del no Ente, del devenir y la permanencia, del Ser y la Nada, mientras por debajo de todas estas especulaciones subyacían todavía dudas sobre la determinación de la naturaleza humana. ¿Cuán pasionales y cuán racionales podíamos llegar a ser?

El análisis del contexto me hizo saber que estos filósofos también fueron títeres de las circunstancias de la época que determinaron su conducta. Ese mundo ateniense comenzaba a entrar en crisis. Algunos nostálgicos añoraban la época de oro de Pericles, cuando los poetas dejaban volar su imaginación narrando encuentros carnales y espirituales entre dioses y humanos. En las calles, dominaba el discurso básico que sólo buscaba persuadir con la dialéctica sofista a unos cuantos jóvenes, prometedores futuros gobernantes.
Necesitaban entonces erigir la palabra Orden para posibilitar el Progreso. Clarificar los roles sociales requería previamente eliminar todo el bastión de dioses inútiles, que por tanto parecerse a lo humano terminaba confundiendo a los corazones atenienses. Pero el principal dios que era necesario sepultar era ese que osaba desencadenar las pasiones y amenazaba con convertir a la caverna en una perenne realidad.

Era necesario, pues, reinventar la historia. Y en todo contexto efusivo del devenir mundano aparecen “revolucionarios” que proclaman en un papiro el advenimiento de un nuevo mundo feliz. En ese momento pueden ser tildados de herejes y condenados al capítulo de la condena por sus coetáneos, pero sus enseñanzas permanecen intactas y latentes, hasta que tiempo después son redescubiertas, en el mismo instante en que se toma conciencia de cuánto influyeron sus invenciones para que el acontecer se encaminase.

Así sucedió con muchos filósofos de la época, que exhortaban a poner en práctica la verdadera paideia, esa que adoctrinaría a los ciudadanos del futuro sobre la única relación de dominación posible. El alma estaría dividida en tres partes y debería existir un lazo de mando-obediencia entre ellas.

Hoy creo que así se fue creando el Mundo del Revés. No me refiero a que un ladrón sea vigilante y otro juez, sino a que todos (ladrón, vigilante y juez) comenzaron a vivir en un mundo causalmente determinado por la parte del alma que, según decían, estaba constituida por la substancia de más alta calidad.

El hombre ya estaba dotado de Razón, pero podrían no haber surgido las primeras censuras si no fuera porque a algunos se les ocurrió elevar la racionalidad a un altar. Originales cilicios se ciñeron a los cuerpos para mortificarlos sin que nadie lo notase. Se tergiversaron los términos al punto de fusionar varias sensaciones putrefactas con la palabra Razón. La violencia cotidiana, la vanidad y el falocentrismo pasaban a ser reacciones corrientes y el amor quedó desprendido para siempre de la política.

Los elementos químicos con radiaciones naturales fueron caratulados de viles, vacilantes, mateados, contradictorios y confusos. Ya por entonces se les hizo beber la cicuta a unos cuantos fabricadores de vicisitudes, pues la represión era aquí la otra cara de la búsqueda de la perfección.

“El remo dentro del agua se nos aparece como quebrado”, es la idea con la cual mediocres escritores posteriores quisieron describir el supuesto gran descubrimiento platónico. Sacadlo, pues, del agua y veréis cómo realmente es. Inventando una nueva definición de las pulsiones humanas, se les hizo saber a todos que habían estado viviendo miserablemente, al no ver que el remo fuera del agua aparecía en toda su maravillosa exactitud.

La incógnita por descifrar si la libertad y su existencia son compatibles o no con este infinito causalismo que enaltece la Razón ya no le interesaba a nadie, pues las palabras “libertad de voluntad” habían sido manoseadas y rellenadas con un contenido tan penetrante como enceguecedor, encerradas entre rejas tan meticulosamente reales que pasaron a ser naturales. Nadie se daba cuenta de que la libre elección se revelaba como una ilusión.

Pasaron a producir inquietud las cosas menos sublimes. La hegemonía del principio de realidad llevó a que lo metafísico se posicionara a años luz del descubrimiento de lo físico. Esa relación de dominación que gobernaba el alma se reprodujo en todos los aspectos de la vida, perpetuándose las estructuras jerárquicas en todos los niveles. No sólo las dualidades gobernantes-gobernados, padre-hijo, esposo-esposa, amo-esclavo, sino principalmente el vínculo vertical entre Razón y pasión comenzó a dominar el mundo.

Qué magnifica obra triangulizadora de pídolas erigieron como nueva cosmovisión, contra cuya autoridad suprema muchos deben haber luchado de por vida. Cuántos seres, llamados escoria en la sociedad de esa época, comprenderían mis líneas, si hubiesen tenido el privilegio de degustarlas.

Luego, año a año y siglo a siglo se fue perfeccionando esa historia reinventada. Su legado permaneció intacto y llegó hasta nosotros gracias a tantos co-autores, parafraseadores, teóricos y prácticos, que fueron moldeando la realidad para mantenernos en mansedumbre.
Los medievales se descentraron de la subjetividad y pasaron a construir una suprarrealidad espiritual, depositando la fe, que antaño se encontraba diseminada, en un único punto extraterrenal. El hombre se sintió limitado, finito y creyéndose incapaz de realizar plenamente la verdad, el bien y el ser. Por lo tanto, proyectó estos atributos en un ser imaginario, capaz de otorgarle sentido a su incapacidad de encarnar lo absoluto.

Dios se constituyó en una expresión inconsciente de los propios ideales o aspiraciones de infinitud del hombre. Dios fue así el ser ideal objetivado, la exacerbación, en su límite máximo, de la Razón de la cual el humano sintió no disponer, y la religión apareció como una poderosa institución creada para cumplir el rol de alter ego de las potencialidades no desarrolladas por la voluntad.

La tradición filosófica había enseñado que la esencia del hombre se encontraba en la Razón. Al no poder manifestarse en la realidad, debido a la incapacidad de exteriorizar su latente potencialidad, se creó un mundo en un más allá y sublime en el más acá. En el deseo de una realidad mejor, que efectivamente sea expresión y causa de esa esencia humana, la religión le permitió al hombre paliar su dolor y desdichas corrientes.

El Renacimiento llegó con una pretensión radical: traer nuevamente la Razón a este mundo y erigirla como la manifestación más representativa del obrar humano. Alguien lucha porque los príncipes se aferren a la Razón de Estado, desligándose del poder eclesiástico y actuando brutalmente cuando sea necesario, a fin de conservar el poder.
Siglos más tarde un conjunto de filósofos exhorta por la materialización de unas cuantas sociedades rectas y pacificas citando periodos ancestrales hipotéticos, caracterizados en cada caso en base a virtudes y/o defectos irreales. Tras la diferencia entre lo que fue, lo que es y lo que será subyace el afán por alimentar la tradición renacentista de igualar hombre a Razón y separar el dominio humano del dominio celestial. Enaltecen la propiedad, la justicia, la libertad o la voluntad general, conceptos todos que concentran la idea de la perfección racional.

Se llegó a pensar que la experiencia no es posible más que para un espíritu que posee Razón, traducida en un sistema de principios universales y necesarios que organizaría los datos empíricos. Se enarboló la facultad discursiva que establece sus demostraciones mediante la combinación de conceptos y proposiciones, como la facultad de afirmar lo absoluto, de conocer, de aprehender el ser tal cual es y de suministrar los principios, de alcanzar las verdades necesarias y suficientes para el pensar y la vida.

Alguien le dio al sujeto la capacidad de crear en su mente el objeto de conocimiento. Se consideró que el conocer no es mera recepción sino también elaboración del objeto, pues de la rapsodia de sensaciones sin orden ni concierto se pasó a la conceptualización de impresiones. Se enfocó la cuestión del conocimiento a partir de la idea de que el sujeto moldea al objeto, si bien aun no lo crea.

¿La Razón señala la actividad misma del espíritu en lo que tiene de esencial, o sea lo que dirige esa actividad hacia su acabado y perfección? Se fue construyendo poco a poco la excesiva fe en la Razón, en la evidencia y la demostración. El misticismo, el ocultismo, la filosofía del sentimiento y el tradicionalismo fueron caratulados despectivamente de desechos animales, y no se le reconoció más valor a la intuición y al sentimiento que el status de velos oscuros que ocultan la luminosidad de lo real.

Este fue el gran giro copernicano del saber moderno, que acompañó el giro antropocéntrico que dominó el discurso filosófico. La historia se presentó como el terreno de una empresa humana que, bajo la guía iluminadora de la Razón, incrementaría tanto el saber como la justicia entre los hombres, a los que emanciparía de sus prejuicios. Su eje fue la idea típicamente moderna del progreso y mejoramiento creciente y general de la humanidad. Lo que salía al encuentro resultó pues determinado como algo que permanecía con cierto aspecto fijo y que por tener fijeza era constante, mientras que las sensaciones eran consideradas como infinitamente fluctuantes y cambiantes.

Apareció alguien que planteó que todo lo racional era real y todo lo real era racional. La realidad pasó a ser vista como un sistema de relaciones de manifestación, un sistema de auto-manifestación, donde el ser se conformaba como el aparecer-se, como espíritu. En los hechos, el objeto terminó por revelarse idéntico al sujeto, el ser como idéntico al pensar. La realidad pasó a tener un sentido, que es el que le otorgó el pensamiento y que se expresó de la manera más perfecta como vida espiritual. En fin, el espíritu, que en su plenitud pudo identificarse con Dios, significó la absoluta libertad. Detrás de la prosa cautivadora, se escondía la exactitud matemática del silogismo perfecto. Toda la construcción del pensar terminaba en la idea de que el Estado era la realización de esa libertad, y en él los individuos resultaban determinados, no por algo ajeno a sí, sino por la racionalidad que constituía su verdadero ser.

Entonces la historia universal fue concebida como el proceso de desarrollo de la Idea en el tiempo en una marcha de creciente libertad, una marcha progresiva y rigurosamente racional. Napoleón pudo creer que lo que lograba era su gloria y la satisfacción de su deseo de poder, pero en realidad tal pasión no era sino un instrumento de que se valía la Idea para el logro de su propio fin, la realización de la racionalidad.

Otra cosmovisión me indujo a pensar que hay en el mundo un elemento irracional, inadecuado respecto de la Idea, desajustado o inarmónico respecto de la totalidad. La verdad todavía no se había realizado cabalmente, la plena racionalidad aun faltaba. La existencia del proletariado contradecía la supuesta realidad de la Razón, en tanto como clase social representaba la negación de esa Razón. Pero esta visión, si bien criticaba las bases mismas del sistema de dominación imperante, continuaba confiando en un futuro racional prometedor y seguía creyendo que el mundo se regia por un modus operandi consciente.

Toda esta parafernalia teórica de tesis que se fue construyendo a lo largo de los siglos sólo vino a ratificar lo que en el mundo real iba sucediendo: la construcción cultural permanente de nuevos tabúes y deberes. Sin ir más lejos, el deber del trabajo, ese mecanismo que tiene por objetivo satisfacer las necesidades del grupo y que debería funcionar como un nexo genuino del hombre con la naturaleza y con los demás hombres, se instituyó como el accionar humano más alejado del vivir pasional. En todos los ámbitos de la vida, se fue complejizando la instancia represora y castigadora, como ámbito de internalización de las normas sociales, reproduciéndose socialmente de generación en generación.

La cultura es ese reducto civilizatorio que concentra en sí la capacidad del sistema para refrenar el despliegue de la vida instintiva, permitiendo que la libertad de decisión quede ofuscada detrás de parámetros definitorios de un modelo de normalidad a seguir. La cultura estatuida permite un progreso tan uniforme, unilineal y unívoco que todas sus dimensiones pueden ser interpretadas simplemente como el desarrollo de una renuncia instintiva. Una vez delineada la rigidez exterior de la cultura, el refreno de las pulsiones amenazadoras parte desde dentro del individuo mismo, el cual reproduce la lógica de la Razón desafectiva y limitadora de tendencias que son tomadas como “subversivas”.

Lo caratulado por el sistema como el gran mal a evitar hoy es esa “locura” que, según dicen, es signo de quien bordea los límites, ese impulso “irracional” que es germen de cuestionamientos que pondrían en peligro los cimientos y el normal funcionamiento del statu quo. La única locura legítima es la que representa Charles Chaplin en Tiempos Modernos, esa locura que permite que la máquina siga funcionando. Nadie se preocupa de que cientos de trabajadores caigan enfermos de cáncer debido al “estrés” laboral, pues son sólo unos cuantos casos de exceso de explotación reemplazables fácilmente. El cuerpo mismo del hombre, que sólo debería ser ansia de libertad, es instrumento disponible para la manutención del sistema. Y el trabajo alienante, no gratificador, se superpone al control del tiempo libre, último reducto en el que antaño el principio del placer encontraba su parcial plasmación.

La aniquilación, día a día, de este principio del placer, va aceitando la perfección de la civilización occidental y destruyendo la verdadera naturaleza humana. Pero esta creación y adoración de deseos no naturales y agresivos, de necesidades, anhelos, sueños y valores, que permite la reproducción de artificios, debe dejar algún lugar de la conciencia librada de la desviación inexorablemente impuesta.
Y aquí podríamos apostar a la memoria de las potencialidades reprimidas, al redescubrimiento de que alguna vez vivimos en una infancia sin categorías normativas. Luchar por una existencia un poco más libre a cada paso es una tarea ardua y requiere previamente un alto sentido crítico, que permita escapar de esa confortable, razonable y enceguecedora cosa que muchos llaman libertad.

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Transcurrí años inmersa en los lujos de una vulgaridad narcótica y aprendí cómo inyectarme dosis de placer artificiales. Me convencí poco a poco de lo extravagante de ilusionarme con otra realidad y me conformé con las emociones cuadradas. Hasta que llegué a los bordes. Se los digo: haber transitado los bordes puede ser síntoma de perder el contacto con este mundo pero puede ser también tomar conciencia de la irracionalidad que nos condiciona. Llegar a los extremos me permitió revolucionar el encéfalo con que había nacido y crear nuevas vistas, olfatos, audiciones y tactos con los cuales expandirme hacia otra percepción. Luego de sufrir el instinto de autodestrucción y experimentar mis ansias de creer en el amor, comprendí que vivimos operando en un entorno determinado por las pulsiones.

Tras atravesar momentos fantasmagóricos, fantásticos y fantasiosos, puedo afirmar que tengo la poderosa capacidad de sentir la fuerza de mis sentidos. A través de ellos he logrado sensibilizar el contacto de mi yo con el exterior, derrotando al enano fascista que habilitaba dentro de mí. Sé que, luego de tantas batallas, la guerra no está ganada y en una de esas no lo esté nunca: mi conexión con lo más elloico de mi ser sigue siendo obstaculizada por una gigantesca barrera racional. Pero tuve la oportunidad, que se presenta una vez en un millón, de haberme adentrado a degustar el sabor de lo inaudito. Puede sonar a película de ciencia ficción, pero siento que he descubierto otra dimensión, siendo parte de las experiencias mundanas a la vez que observándolas objetivamente como si me encontrase en una alta colina desde la cual visualizar todo en perspectiva.

Lo más importante de mi vivencia es haber sentido la radicalidad de observar la inmensidad del quehacer humano como un simple juego de niños. Hoy puedo burlarme de la metáfora que representa la construcción del hombre: un edificio de elucubraciones, síntesis, paradigmas, frases y re-frases, hechas y rehechas, que esconden un verdadero vacío. Es que me di cuenta de que el mundo aun no conoce el vínculo humano y sólo es victima de la sensatez y la chatura. Se ha establecido una simbología unilineal entre las personas, sin dar cuenta de la multiformidad sensorial de los lazos humanos. El devenir está alejado de la diversidad (tal vez desde siempre o al menos desde tiempos remotos) y atraviesa repeticiones gastadas y conformistas, como un eterno retorno sobre lo mismo.

Se ha creído más de una vez que hemos llegado a conocer el Bien, la Verdad, la Justicia y la Solidaridad, pero lejos estamos de ser buenos, verdaderos, justos y solidarios. Señores, les comunico, no han entendido nada, porque aun siguen protagonizando el rol de creerse archihumanos y semidioses.

MPR_2008

"Todas las mañanas el astro del mundo

cuando se levanta reflejándose en las

ondas cree muy asombrado ver otro sol."

Tristan I Hermite


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