La Enamorada del Muro
Mi vida transcurría en una soledad espantosa. Tenía a mi marido, tenía a mis amigas, pero al fin y al cabo no tenía nada. Más bien había algo que sí tenía, era mi jardín. Cada mañana, al despertar, luego de obedecer fielmente a mis deberes maritales, me ocupaba de la única actividad que era realmente un placer para mí. Nunca había estudiado jardinería y no lo necesitaba, pues lograba dedicarme con tanto ahínco a mis plantas que todo aprendizaje técnico me resultaba superfluo. De entre tantos árboles, flores, helechos, arbustos, hongos y césped que me transmitían paz, lo único que lograba sacarme de quicio era la enamorada del muro.
Para la época en que nos mudamos a esta casa, herencia de una tía abuela de mi marido, ya existía esa enredadera que cubría el tapial envejecido que daba a la casa del vecino. Durante los primeros años de nuestra nueva residencia no le presté ningún tipo de atención en particular, tal vez porque mi matrimonio parecía marchar tan bien que no sentía la necesidad de observar detenidamente ninguna otra cosa a mí alrededor. Es que durante aproximadamente veinticuatro meses me concentré en el desafío de conquistar el amor de mi marido, tratando de adueñarme de algún resquicio de su tiempo, esforzándome por ser protagonista de algún párrafo de su cuento, o al menos intentando ser partícipe de algún rincón de su mente.
Todavía no me había dado cuenta de que para él yo valía menos que un trapo de piso, sin embargo ya por el mes de enero me había descentrado de su afecto y reparado en la magnificencia de la trepadora. Fue a partir de esos días que pude diferenciar con claridad entre sentir y no sentir. Todo lo que ocurría al interior de mi casa, mi marido incluido, se volvía cada día más insignificante, intrascendente y sórdido, mientras que el jardín, y particularmente la enamorada y el muro, comenzaban a provocar en mí sensaciones diversas y muchas veces contradictorias.
Durante marzo consideré que la enredadera era una hierba putrefacta que sólo vivía para expandirse, tanto hacia arriba como hacia los costados. De repente me veía malgastando muchas horas de mi vida tratando de limitar su crecimiento, forzando a la naturaleza a arrepentirse con un instrumento parecido a una podadora. Vivía para arreglar la decoración estúpida que cubría ese tapial mugriento. Cómo llegué a aborrecer esa combinación de cemento gastado y hojas de un color verduzco mediocre, cómo lamentaba esforzarme por esa fachada, buscando cada mañana formas innovadoras de vestirla, adornarla y adorarla, y a veces hasta inmacularla.
Durante unos meses, luego de mis matutinos quehaceres obligatorios, me dediqué como un caballito de batalla a esa actividad agotadora de perfeccionar la estética. Tenía así una ocupación con la que rellenar mi tiempo en las mañanas, pero las noches continuaban sin ofrecerme ninguna distracción con la que aminorar mi soledad… las noches se me iban tornando cada vez más tortuosas. Mi marido llegaba eso de las ocho, horario para el cual yo debía tener ya preparada la cena a su gusto y piacere. En silencio él tragaba los alimentos y en silencio él le escapaba a la incomodidad del vacío matrimonial con una buena excusa improvisada, un partido, un libro, el baño o el bar de la esquina, según la ocasión.
Las noches eran así de una soledad espantosa. Una madrugada de fines de abril mi marido se dispuso a olvidar mi presencia advirtiéndome a ultranza que no volvería hasta bien tarde, debido a un compromiso a la vez amistoso y laboral. Debí haber aprovechado la oportunidad, ideal si las hay, para desahogar la presión de mi pecho y vomitarle en la cara lo despechada que me sentía. En cambio, despedí a mi marido con todo el supuesto cariño que le profesaba, como solía hacer cada vez que él no anunciaba nada nuevo y decidía retirarse.
Me acomodé con mi mate y mis cigarrillos en una de las sillas plásticas que componían el set de exterior que había adquirido en el Carrefour a cambio de un toco de billetes ahorrados (precio nada módico por cierto, pese a que había sido atrapada por el cartelito seductor que decía “oferta”). A partir de entonces, cada noche, eso de las diez, sentada afuera y sin ganas de nada, cuando sólo atinaba a contemplar a la maldecida hierba, un pensamiento constante aparecía en mi mente para darle el cierre a mi rutina diaria. Me obsesionaba la idea de que algún día, tal vez, si Dios me daba una mano, podría imprimirle un sello personal a la relación de esos dos que vivían tan unidos. No sabía a ciencia cierta qué arte podría surgir de la combinación de las yemas de mis dedos y la pseudo-podadora. Ni siquiera sabía si el resultado imaginado poseería la dicha de obtener valor artístico, pero tenía bien en claro que mi ilusión debería albergar algo productivo, al menos la eficacia de permitir mi entremetimiento en la divina fusión.
Debido a que mis noches eran todas semejantes, casi idénticas, al repetir el episodio del set y el pensamiento, en las madrugadas los restos diurnos me acompañaban en mi descanso y mis fantasías de revolucionar la plantita se desvirtuaban con una potencia catastrófica. Cada nuevo sueño era distinto a los anteriores, cada noche me aportaba una nueva historia, pero todos los instantes remitían a lo mismo. Tanto me perturbaban esos sueños que una mañana de mayo, al despertar, luego de obedecer fielmente a mis deberes maritales, me prometí a mí misma que a partir de ese día me dispondría a reflexionar sobre lo que iba soñando.
Durante cuatro meses me dediqué a meditar dos horas diarias, entre las once y la una. Llegué a la conclusión de que me consideraba una víctima en todos los sentidos posibles. En la peluquería, mis vecinas intercambiaban experiencias sexuales y me refregaban por la cara sus salidas en pareja al teatro los sábados por la noche. En la carnicería, mientras yo pedía la carne picada grasosa que se comía en casa todos los días, las demás elegían cortes especiales para agasajar a sus hijos en el asado dominguero. En los demás espacios a los que concurría por mis tardes era atacada de la misma manera. Era victima aquí y allá. Pero mis sueños ponían al descubierto que alguna parte de mi ser quería ser victimaria, pues la imagen recurrente era la de una intervención casi quirúrgica en el amalgamiento que se profundizaba ante mis ojos, ¡y en mi propia casa!
En los meses sucesivos, no recuerdo bien si a partir de octubre o noviembre, los sueños nocturnos parecían no acabarse durante las vigilias y se prolongaban hasta eso de la una. Mi único lazo ficticio con lo que me rodeaba parecía ser ese conjunto de tareas domésticas que jamás abandoné, tal vez debido a la fidelidad ciega que aún detentaba para con mi marido. El resto era todo el universo de realidad que se presentaba ante mí en el mismo instante en que me adentraba a interrumpir la comunicación dual y a perforar la perfección con un tímido atrevimiento. Es que era muy consciente de que se trataba de un diálogo entre dos mundos que parecían encajar maravillosamente. De un lado, la palidez blanca y húmeda machacada por el tiempo, que en su desnudez no sería más que una putrefacción antiestética. Del otro lado, la belleza embriagadora, hoja a hoja y flor a flor, que formaba esfínteres comunicando tempestades y que no dejaba a la intemperie al frío cemento sino que lo acogía con toda su calidez. Eran esfuerzos sobrehumanos por el descenso de varios centígrados de la temperatura del muro durante los veranos, era protección de las fuertes lluvias que asolaban de vez en cuando.
La mañana del tres de diciembre se presentaba desde las siete en punto como cualquier otra. Había hecho mis deberes y empezaba a recortar la hierba cuando sonó el timbre. Apareció así nuevamente en mi vida alguien que dijo ser mi padre. Luego de una soberbia explicación de su desaparición durante tantos años, me vi forzada a ocultar mi desconcierto invitándolo a tomar unos mates. Estaba dispuesta a presentarle un frio interrogatorio con respecto a su ausencia, cuando me sorprendió con una oración común y corriente. Me preguntó qué era de mi vida. Aproveché el momento para evitar develar el enigma que durante tanto tiempo me había carcomido las entrañas. De todos modos, ya no me interesaba saber por qué había dejado de protegerme así de repente de un día para otro, hecho por el cual me había visto forzada a convertirme en súbdita de mi actual marido sin chistar. También evité desnudarme con incómodos detalles que hubieran puesto sobre la mesa mi padecida soledad, como los sucesos de la peluquería o la carnicería. Sólo llegué a contarle con pocas palabras las dos cosas que frecuentaban mis días, o sea mi marido y mi jardín. Oscilaba entre decirle cuál era en realidad la cuestión trascendente de mi vida o evitar revelarle mi secreto, cuando su mirada se clavó en la enredadera. Paralizó con eso mi exposición, sobre cuyo contenido entonces pensé que no debía ser demasiado exhaustivo. La miró, me miró y en ese vaivén permaneció durante algunos segundos hasta que logró hartarme.
-¿Qué?- vociferé.
-Es que la veo imperfecta- aseguró.
-No entendés nada- le grité, exagerándole una mueca de desprecio.
Algo más me iba a decir, cuando la llegada de mi marido interrumpió el diálogo en la parte más crucial de nuestro encuentro. Pero mi padre tuvo el tupé de proseguir con el tema durante la cena. Por si esto no fuera poco, mi marido comulgó tras su idea, aseverando que yo no había sabido cuidar la hierba. De repente parecía como si las dos únicas personas que deberían haber cumplido la función de verdadero cuidado en mi vida, que para colmo recién acababan de conocerse, se aliaban en mi contra, hablaban mal de mi ¡y en mi propia casa!
-Si hubieses alguna vez estudiado jardinería, sabrías que tu deber es dejar crecer esta enredadera, porque su fin es buscar en la altura las mejores condiciones de luz y humedad, posicionándose sobre las otras especies para subsistir.
Sus palabras me dieron repugnancia, pero me contuve y fui racional:
-Ah… veo que te leíste esos estúpidos manuales. No entendés nada.
-Bueno, bueno- interrumpió mi padre. -Mirá, ésta no es mi casa así que no me puedo meter, pero me atrevo sólo a darte un consejo. Deberías pensar tal vez en otra trepadora. Hay algunas que aportan un hermoso aroma con sus flores como el jazmín trepador, otras aportan follaje y color como la Santa Rita o Bouganvilla y otras brindan frutos como la parra o vid.
-Claro, claro- afirmó mi marido.
Lo miré a uno, lo miré al otro y contuve la respiración en silencio durante algunos segundos. Había transcurrido tantos meses constructivos, sumergiéndome en una realidad inigualable junto a mi pseudo-podadora. Estaba tan segura de que ellos no entendían nada. Sentí una leve puntada en mi pecho y, conteniendo mis impulsos con toda la fuerza de que disponía, recuperé un poco de aire y me permití escupir un último susurro: deber, deber, deber…
A partir de aquella cena ya nada volvería a exasperarme. De hecho, aquella noche todo acabó con absoluta normalidad. Me dediqué a fregar los platos con un detallismo meticuloso mientras mi padre y mi marido aparentaban conocerse entre sí alardeando de sus respectivas ciencias. Gracias a Dios se olvidaron pronto de la existencia inicial en la discusión caótica de la crítica que nos había insultado a la enamorada, al muro y a mí. Abandonaron la jardinería por la generalidad de la botánica y no sé cómo pasaron a la abstracción de la física, y luego de presumir en varios saberes, terminaron por aburrirse de sus monólogos autistas. Mi padre cometió el error garrafal de introducir en la charla el fútbol primero y la política después, equivocación por la que terminó siendo echado de patitas a la calle por mi marido.
Todos los sucesos posteriores de comienzo de diciembre transcurrieron en un inusitado ambiente pacífico, mucho más tenue que la corriente pesadumbres que solía percibirse en la casa. Al día siguiente de la cena amanecí como si hubiera dormido profundamente durante exactamente dos años, doce meses y tres días. La noche anterior, mientras mi marido roncaba empecinado en un charco de saliva cochina, yo había padecido una pesadilla escalofriante.
Estaba en mi jardín, enseñándole a una niña cómo usar la pseudo-podadora, cual sabia renombrada daba lecciones de vida a una aprendiz. Era consciente de que no sabía nada de jardinería, pero confiaba en que mi experiencia artesana condujera a la infante a inmiscuirse desde adentro en el amor que unía al muro con la enamorada. Sentados en el set estaban mi padre y mi marido, con apariencia de anonadados ante mi cabal conocimiento. Súbitamente sentí que a mis espaldas murmuraron sus voces cómplices.
-No entiende nada- escuché.
Y sólo llegué a comprender que se referían a mí cuando sentí sus ordenanzas de padre y marido. Me obligaron a que obligue a la niña a inyectar las yemas de sus dedos, como jeringas infectocontagiosas, en la pared recubierta y a arrastrar sus manos ensangrentadas entre el pálido verduzco. Semejante bestialidad hizo que el muro se viniera lentamente abajo y mientras se derrumbaba yo gritaba ante los oídos de todos los presentes que sí había entendido, que entendía todo.
Al momento de alzarme de la cama en la mañana del cuatro de diciembre aún sentía mis alaridos de autoafirmación. Pero la paz todavía perduraba, pues sabía perfectamente que afuera me aguardaban el muro y la enamorada. Como de costumbre cumplí con mis obligaciones como una buena esposa, y despedí a mi marido con una ternura insólita, si bien debo confesar ahora que era forzosamente fingida.
Tenía en claro que ese día no iba a ser uno más, pues apenas estuve sola me rehusé a llevar a cabo mis planes habituales: no iría a la peluquería y no compraría carne. En cambio, me senté temprano en una de las sillas del set con mi mate y mis cigarrillos a contemplar la calidez de un último encuentro. Recordé cómo casi un año atrás, durante marzo, había maldecido semejante realidad, enceguecida detrás de la ficción de un afecto falso. Y ahora, esa enamorada estaba dispuesta a desligarse del muro y a arrojarse en mis brazos, ofreciéndome toda su satisfactoria protección.
Estaba ahora en la yema de mis propios dedos la posibilidad cierta de forjar una verdadera obra de arte. Y al fin, de convertirme en una artista.
Ya sin la ayuda de la pseudo-podadora, me dediqué pacientemente a desandar el camino andado por la enamorada, que a partir de entonces era ya mi enamorada. Comencé a despegarla del muro desde la más remota altura, subida a una escalera, hasta llegar a arrodillarme ante sus raíces. Con qué pasión arrancaba sutilmente cada patita adherida, con qué delicadeza de verdadera jardinera construí un romance a lo largo de toda la tarde.
Para las ocho ya había finalizado mi construcción. Me sentía a la intemperie, pues en la obra encontraba arrojado lo mucho de valioso que acumulaba en mí desde hacía más de doce meses. Y a la vez me sentía acobijada, tal vez porque por primera vez poseía un verdadero oficio.
Luego de la cena, me convertí en la jardinera que mi marido había querido que yo fuese. Mientras se atoraba con la grasosa carne picada del día anterior, me aventuré por detrás de sus espaldas y con la yema de mis dedos enredé la filosa enamorada alrededor de su cuello. Mientras se quedaba sin aire, tomé consciencia de que debía ser sabia una vez más y proteger a mi marido de las ficciones que aparentaban ser reales.
-Entendemos todo, mi amor, todo- le susurré al oído.
Al fin, no estaba más obligada a invertir mis horas en semejantes deberes abominables. A partir de entonces, mes de enero nuevamente, me dedico simplemente a barrer las hojas secas que deja caer sobre el césped el inmenso paraíso, dueño del centro del parque y nuevo protector de mi amor.
MPR_Mayo 2008


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