Ahau
Ahau...
Caminaba en la oscuridad nocturna.
La ciudad parecía derretida en la opacidad mundana.
Yacían ya los últimos sabios de la fogosidad.
No atinaba a ver ningún refugio estelar.
Todo era descenso. La vida había perdido su esencia, y temía el peso de no saber volar.
Y entonces la ví.
La ventana de esa casa irradiaba amarillo.
Respirando como un ser vivo, recibiendo y brindando arte con su cuerpo de luz.
Sentí el poder de la ascensión, la luminosidad de sus rayos que me elevaban.
Su radiante abastecimiento logró encandilarme.
Y ya no tuve miedo del ocaso nocturno.
De ahí en más no caminaría a ciegas en las penumbras.
Iba a animarme a la fuerza del viaje, entre fuegos de vida...
Gracias, sol, gracias.


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